Anika Entre Libros. ARTILITERATURA. Artículos sobre el mundo literario.
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Literatura - ArtiLiteratura 2009 |
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Por Jaime Hernández de la Torre |
Martín Cid. Bibliografía comentada.Martín Cid es
autor de las novelas "Ariza" (editorial Alcalá) y "Un Siglo de Cenizas"
(editorial Akrón).
Actualmente dirige
la revista cultural Yareah (http://www.yareah.com) y tiene varias novelas
en preparación.
Biografía
Nació en Oviedo el 26 de junio de 1976.
Cursó estudios en los Maristas antes de emigrar junto con su familia a Venezuela.
Allí vivió en diferentes lugares antes de regresar de nuevo a Oviedo, ciudad en
la que permaneció hasta los doce años. Marcha entonces a Madrid, ciudad en la que
todavía reside.
Estudió Periodismo, carrera que no llegó a terminar (la abandonó en quinto de carrera
cuando apenas le quedaban unos créditos para terminar).
Publica su primera novela, Ariza, junto a Isabel del
Río. Se trata de una novela generacional sobre la Castilla de finales
del S.XIX y principios del XX.
Mientras, escribe artículos literarios (ha declarado en sucesivas ocasiones que
no dedicará su tiempo a otra actividad que la estrictamente literaria) y confecciona
pequeñas historias sobre mitos e irrealidades, caracterizados siempre por un estilo
abigarrado y algo barroco.
Al año siguiente publica "Un Siglo de Cenizas", una novela
dedicada al mundo del cultivo de tabaco de pipa.
Fumador compulsivo, nunca abandona su pipa. Ya cuando se despierta fuma la primera
pipa en ayunas y continúa así hasta la noche.
Obras: Ariza
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Ariza es la vieja
línea de tren que unía Castilla y Aragón, pero Ariza es también la finca de la familia
Medina, protagonista de esta historia que mezcla historia, mitología, religión,
moral y, sobre todo, tiempo.
Fue Eugenio Escudero el pionero de la familia, el que dará a la postre nombre a
la finca.
Trabajó
en la construcción de la famosa línea Ariza y será el iniciador de la saga que continuarán
Miguel Medina y su hijo Carlos.
Es una familia a la vieja usanza, en la que mujeres y hombres viven en mundos diferentes
que apenas se llegan a tocar. Lucía Escudero es la matriarca de este clan del que
Diana, su hija, recibirá un legado.
Ariza llama la atención por su extraña encuadernación (se leen primero
las páginas impares y luego se da la vuelta al libro y se continúa con las pares)
y por su intrincado intra-argumento. La metáfora del espejo llena todas y cada una
de sus páginas y da sentido a la obra: la coqueta en la que doña Lucía parece perder
el sentido real de las cosas tiene en realidad más importancia que cualquiera de
las narraciones "reales" de los protagonistas.
Y es que doña Lucía se convierte en personaje principal de la obra (probablemente
el más importante junto con el de su propio padre, Eugenio Escudero). Es un personaje
caduco y tremendamente moderno que, anclado en un tiempo antiguo -parece vivir de
ideales incluso anteriores al siglo XX en el que transcurre la obra-, Lucía es el
más moderno de los personajes que configuran este fresco teñido de pintura y arte,
de modernidad y clasicismo al mismo tiempo.
Mención aparte merece el que será gran protagonista callado de la obra, Eugenio
Escudero. Apenas sale al principio y todos los miembros del clan Medina se refieren
a él y le recuerdan. Le escuchamos hablar en los recuerdos de su nieto Carlos, que
será receptor de una extraña herencia. Eugenio es arquitecto pero, sobre todo, es
un soñador. Sueña con trenes y arte, sueña con flores y espejos.
Toda la familia parece estar sumida en un sueño entretejido de rosas y chocolates.
Las bombas caen cercanas, la guerra estalla pero a nadie parece importarle más allá
de las palabras que resuenan como un eco traslúcido. Los Medina están buscando otro
secreto más allá del mundo, más allá de esa España de posguerra que les ha tocado
vivir. Y es que Ariza parece querer huir de los tópicos típicos de las novelas de
época. No se centra en la pobreza ni en la condición social de sus personajes. No
escuchamos penalidades ni miserias, sino la elegancia del tiempo pasado y sus formas
ancestrales. En la novela vemos una España diferente y brillante, una España ilusionada
orgullosa de su pasado reciente y de su futuro prometedor. Lo dice Eugenio Escudero:
es un mundo extraño, y lo más extraño que podemos encontrar en este mundo es la
belleza del arte.
La mitología remite aún más al pasado a los protagonistas de esta historia, y es
que la novela parece huir de la realidad a medida que avanza el viaje. A través
del mito de Aegis, espejo que llevó Perseo para asesinar a la Medusa, el libro va
perdiendo el hilo de la realidad para sumergirnos en pasados y presentes, en trenes
y viajes interiores.
No es Ariza un libro fácil pero tampoco es un libro difícil. Sí un libro
muy diferente, un libro extraño visto el panorama de la literatura actual, sí (tan
preocupada en encontrar argumentos idénticos que llenen las arcas de editores poco
arriesgados). Ariza es un libro que nos transforma poco a poco y que nos
interroga constantemente... es un libro que nos obliga a preguntarnos por nosotros
mismos y una novela que finalmente se escapa de los parámetros más clásicos de la
novelística para preguntarse por su propia esencia.
Compuesta sobre una paradoja sin respuesta, Ariza nos interroga de nuevo
hacia un final que es siempre un principio, porque no hay viaje que termine en otro
lugar en el que empezó: el arte.
Obras: Un Siglo de Cenizas
Una historia del sur, de los sueños perdidos en la guerra de secesión y una narración
conscientemente deslavazada, que el lector tendrá que ir ordenando a través de las
casi cuatrocientas páginas a través de las que se extiende esta difícil segunda
obra del escritor Martín Cid.
Mientras leía "Ariza" (primera novela del autor) ya me
embargaba esa sensación de extrañamiento y alejamiento: ¿por qué me era tan difícil
sentir empatía ante unos personajes que no hacían nada malo? Eran extraños, sí...
incluso ajenos, tan conscientes de estar dentro de una novela que incluso llegué
a pensar en descuidos por parte de sus autores. A medida que el texto evolucionaba
esos mismos personajes se reconocían en otros y éstos en otros más, creando algo
así como una tela de araña en la que el lector terminaba finalmente por perderse
y encontrarse a sí mismo en las propias páginas que, metafóricamente, superaban
al propio texto.
Sólo desde fuera, el texto podía ser apreciado. Había pocas concesiones a la propia
narrativa (por extraño que esto pareciera) y los autores parecen total y absurdamente
abocados al propio encuentro de la sub-trama. ¿Recuerdan esa nivola de Unamuno en
la que el personaje acude en busca de su autor y tienen una conversación? En ese
mismo sentido, ya en Ariza se anticipaba esta misma intencionalidad, esta misma
reflexión que el autor insiste en llamar metaliteraria. Los personajes
se escapan del texto y parecen querer referirse a una realidad externa que se escapa
a las palabras y a los hechos que allí se narran, como queriendo escapar de aquella
realidad fútil y banal, ese espacio que nos atenaza y, a la vez, ya nos vuelve a
llamar.
En "Un Siglo de Cenizas" el esquema es menos clásico (en
Ariza se utilizaban mitos griegos como el de Prometeo, Dedalo o Perseo) es sustituido
por referencias a una literatura mucho más actual (Joyce y Faulkner están terriblemente
presentes), pero se mantiene ese esquema
fugaz que se escapa y huye, esa búsqueda del personaje por encontrar
su autor tan presente en el teatro del absurdo o en las novelas de principios del
XX.
La obra se extiende en dicotomía constante y evoluciona partiendo del extremismo
más radical; personajes enfrentados que, no obstante, son parte de una misma realidad.
La única realidad para estos seres perdidos en un tiempo del que ni siquiera son
partícipes es el tabaco que les alimenta y -paradójicamente- les destruye. Nunca
escaparán de la plantación y nunca querrán hacerlo, ¿qué hay para ellos ahí fuera?
Precisamente a este hecho parece hacer referencia el título de la obra: mientras
el siglo se consume, tres hermanos miran despechados las cenizas de un mundo en
descomposición e intentan extrañamente escapar de ellas permaneciendo quietos en
su pequeño reino de maldad sin fin.
Las dos realidades apenas se tocan en la novela, y los hermanos Fiodorovich (quizá
una referencia demasiado obvia) se obstinan una y otra vez en permanecer ajenos
a su tiempo, viviendo de recuerdos y destrozándose los unos a los otros. Percibimos
los recuerdos del narrador (el último de los Fiodorovich, Stanislaus) que, en una
ciudad llamada Abenarabi, rememora a la manera de flashback los tiempos
"felices" en la plantación familiar. Ha sido el único en escapar de aquel mundo
que, sin embargo, le persigue y le obsesiona como el recuerdo del primer amor. Poco
a poco Stanislaus se esfuma y también él reconocerá su futuro, ya descrito en las
primeras páginas del libro: el futuro de los Fiodorovich era convertirse en ceniza
y tiempo... en humo finalmente. ¿Por qué tanta obstinación en buscar el destino
que, de una manera u otra, terminará por cumplirse?
Es la esencia de la tragedia griega que ya se vislumbra en las primeras páginas
de la novela. Los ecos de Steinbeck son claros y concisos, los rugidos de
Faulkner se destapan callados y evidentes;
no parece el autor amante de las referencias calladas. Ni una sola referencia al
verdadero sentido de la obra, que nos confunde constantemente y juega con nosotros
y se burla, una vez más, de nuestras lecturas y comentarios. Uno de los perros del
protagonista se llama
Joyce y, sin embargo, la novela nada
tiene que ver con la elaborada y cambiante prosa del genial irlandés; nada tiene
ese sur norteamericano del que plasmó el premio Nobel William Faulkner en sus despiadados
retratos, salvo la crudeza y las digresiones narrativas, tan presentes en esta novela
como en el primer título del autor.
El protagonista tampoco tiene nada que ver con otro personaje principal de cualquiera
de las novelas actuales. Ni siquiera se molesta en justificarse: se sabe consumido
por la enfermedad desde niño y no parece importarle, ya que eso es más para él un
beneficio que una condena: mientras los hermanos tienen que afanarse en el trabajo
en la plantación, él está dispensado debido a su dolencia. Así, llegamos a lo que
parece ser el constante leit-motive del libro: la catarsis por medio de
la maldad, la belleza en medio del fango, la verdad en lo que ya no existe.
Y es que hay también algo de Proust en el libro.... un Proust invertido, un Proust
arrogante, cruel y manipulador, un Proust diferente pero también, al fin y al cabo,
un Proust que disfruta de cada bocanada de humo seco que surge del pasado. Combray,
Guermantes o Swann tienen aquí distintos nombres pero se percibe el mismo camino
narrativo nunca superado: el pasado permanece y es esa memoria desbocada la que
conforma la historia.
El protagonista lo reconoce cuando finalmente encuentra su diario: ¿quién escribe
esta historia? Ecos y vapores se confunden con los aromas de los esclavos en un
tiempo en constante cambio. ¿De qué nos sirve afanarnos en nuestra memoria? Es una
vieja pregunta de la literatura, es ya una vieja cuestión de la humanidad entera.
La muerte rodea la plantación de tabaco como la muerte embargó desde el principio
las vidas de Stanislaus y Proust. Ambos responden de manera contrapuesta pero su
respuesta parece encerrar una verdad idéntica: la tragedia no es la muerte, sino
el olvido.
Jaime Hernández de la Torre - ArtiLiteratura ©
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