Nacimiento del relato: Este es uno de
los relatos del Taller Proyecto Versiones que más éxito tuvo en lo que a mis escritos
se refiere. Tuve que hacer un cambio de última hora que un ojo crítico notaría,
pero como no guardé la copia original, sino que la corregí encima, no puedo publicar
el primero. En cualquier caso tuvo un éxito inesperado y gustó especialmente su
sentido del humor (negro), al tiempo que enternecía el personaje de Clara. Lo que
pedían las directrices: Dos personajes femeninos llamadas Fortunata y Clara, un
pueblo de costumbres tradicionales, y la muerte de una protagonista.
EL VETATORIO
Fortunata abrió presurosa el viejo
armario de Clara y rebuscó entre su ropa. Encontró lo que buscaba y lo lanzó sobre
la cama de la niña.
-
Clarita,
ponte este vestido.
-
¡Agg! Abuelita, este
traje es negro.
-
Vamos
a un velatorio ¿no esperarás que te ponga de colorines?
Clara frunció el ceño
-
¿Y para qué vamos a un vetatorio?
-
Velatorio.
–Corrigió la abuela.- No rechistes más, tenemos que velar a un muerto.
Dicho esto la anciana, rígida como
de costumbre y delgada como un alambre, salió airada de la habitación oscura de
la niña y penetró en una sala si cabe más en penumbra.
“¿Para qué tendremos que poner velas
a los muertos? Vetatorio... no, ve-la-to-rio... si me equivoco otra vez a la abuelita
le da algo. Uff, qué ropa más fea, es toda negra. A ver... no, no me gusta nada,
pero si no me la pongo la abuelita me dará una tunda y no tengo ganas de que me
escueza el culo. Siempre me pasa igual, me pega tan fuerte que luego no me puedo
sentar en dos días y ¡se me pone el culo rojo! Menos mal que nadie me lo tiene que
ver porque si no... qué vergüenza. Vale, ya está, tengo una idea genial. Es estupendo
tener ideas. Y mi idea eeeees.... –Clara abrió un cajoncito donde guardaba la ropa
interior y sacó unas bragas rosas- ¡esto! –sonrió abiertamente.- Es estupendo, sí
señorita. A mamá le gustaba mucho el rosa y ahora que lo pienso también es mi color
favorito así que... decidido.”
Resuelta a rebelarse se puso las braguitas rosas y luego se vistió con el
traje negro.
-
¡Vamos
Clarita que se hace tarde!
La abuela cerró la puerta con la
llave y luego se la guardó en el sujetador. El movimiento fue tan rápido que la
niña no dejaba de preguntarse si habría ido a alguna escuela para aprender aquello.
-
¿Qué
se hace en un ... velatorio, abuelita?
-
Llorar
a los muertos. –Sentenció la mujer.
Clara casi tropezó con una piedra
porque seguir los pasos de la abuela era un trabajo arduo y le costaba mucho hablar
y caminar a la vez. A veces se preguntaba si los adultos tomaban alguna medicina
especial y supuso que la respuesta era sí porque cada vez que la abuela tragaba
ese líquido marrón rojizo con cierto olor a vinagre y ella le pedía un poquito para
probar, la anciana le salía con que ésa era una bebida sólo para adultos. Por cierto
que si todos los adultos podían beber aquello no entendía porqué tenía que ser un
secreto entre las dos. Pero bueno, es que los mayores eran muy raros.
Fortunata tenía largas zancadas y
Clara decidió no hablar más para no tropezar. Se concentró en el suelo y buscó la
forma de esquivar piedras, guijarros y y baches.
Finalmente llegaron a la casa de
la fallecida. Allí había al menos quince personas, todas de negro, casi compitiendo
por tener el rostro más triste del pueblo. Clara les miró a todos con curiosidad.
Era su primer velatorio y aunque conocía bien la casa aquello era nuevo. Quería
participar en todo.
Mientras la abuela penetraba en el
lúgubre hogar, Clara le seguía y escuchaba los lamentos de las plañideras. Con ojos
curiosos y una gran sonrisa en el rostro observaba todo lo que ocurría a su alrededor,
llegaba a una pequeña habitación con seis mujeres igualmente vestidas de luto y
con una lágrima fácil que parecía conectarse con un interruptor. Fortunata entró,
observó y más relajada miró a su nieta.
-
¡¿Qué
haces riéndote ingrata?!
La sonrisa de Clara se heló en un
rictus de lo más estúpido y no se atrevió a mover un músculo de su cara. Todas las
mujeres de la sala le miraban con compasión y curiosidad e incluso hubo alguna que
se acercó a abrazarla.
-
Que quites esa cara
de payaso, niña. –Ordenó Fortunata dándole un empujoncito que casi la estampa contra
la pared.
La sonrisa finalmente desapareció
y Clara se preguntó qué estaba haciendo mal.
-
Abuelita,
¿dónde están las velas?
-
¿Qué velas?
Anda niña, deja de decir tonterías y haz como que lloras.
Clara alzó las cejas en señal de sorpresa y se preguntó para
qué puñetas había que simular que lloraba. Si para llorar lo único que necesitaba
era una tunda proporcionada por la férrea y huesuda mano de su abuela. Claro que
no era cuestión de hacerle enfadar porque si de algo no tenía ganas era de aguantar
una paliza. Sopesó las posibilidades y decidió que lo mejor era imitar a las demás
mujeres de la habitación.
Pese al calor sofocante y a las ganas
de salir a jugar con otros niños Clara arrugó la nariz, frunció el ceño y comenzó
a llorar.
El llanto de Clara se hizo más intenso porque se había concentrado.
Trataba de imaginarse lo mucho que dolería una patada de su vecino o una caída por
el barranco y aquello funcionaba. ¡Vaya si funcionaba! Abrió un poquito los ojos
para ver el efecto que causaba su fingido dolor y se percató de que siete pares
de ojos, entre ellos los aguileños y ofuscados de su abuela, la miraban fijamente.
Dos mujeres se le acercaron y la animaron. Una de ellas incluso le dijo que hablarían
después del velatorio sobre su futuro, pero Clara estaba demasiado concentrada en
su llantina como para escucharle.
Pensando que lo estaba haciendo bien
(por dentro sentía tanta alegría que casi se hacía pipí encima) se dispuso a exagerar
más el llanto y antes de darse cuenta estaba berreando.
El manotazo en la cara la dejó sin aliento. Más que doler,
porque doler dolía, la dejó pasmada. Esta vez se le congeló la sorpresa en el rostro.
-
No hagas
el idiota que me dejas en ridículo. ¿Ves? Ha venido más gente a ver qué ocurría.
Fortunata se giró hacia la puerta para mirar a los presentes. Cuando los curiosos
se dieron por satisfechos viendo a Clarita reconfortada por dos de las mujeres de
la sala, Fortunata volvió a mirar a la niña:
- Quédate quietecita y no digas ni mú.
-
Pero
abuelitaaa... me aburro.
Las mujeres sintieron pena por la niña pero la dejaron desahogarse.
-
Cómprate
un burro –Contestó Fortunata.
-
Y tengo
hambre
-
Cómete
un alambre.
Clara sorbió las penas por la nariz
y se cruzó de brazos.
“Qué aburrimiento. ¿Se puede comprar
dinero con aburrimiento? Seguro que me ha dicho una mentira. Para todo se necesitan
pesetas. Una vez tuve un chavo, pero la abuelita me lo quitó porque se había quedado
sin su medicina de vinagre. Me gustaría probarlo, a ver si soy igual de rápida escondiendo
la llave en las tetas o llorando como las plañideras mandan en este vetatorio. ¡Uy!
Otra vez... velatorio. Qué palabra más fea. Y encima no hay velas por ninguna parte.
¿Se les habrán acabado?... Tengo hambre.... ufff, la barriga me hace ruiditos. ¿Se
pueden comer los alambres? La verdad, creo que no, creo que la abuela ha vuelto
a engañarme porque cuando juego con alambres me riñe porque dice que me puedo hacer
daño, así que no tiene mucho sentido. Si me como un alambre me hago daño, así que
si tengo hambre y me como un alambre, se me irían las ganas de comer pero me dolería
la barriga. Caray, qué difícil es comprender las cosas de mayores.”
-
Abuelita
¿puedo ir al baño?
-
Ve, pero no
tardes.
Clara dejó a las siete mujeres fingiendo
gravemente un dolor que sólo sentían un par de ellas y salió en busca de la cocina.
Había dicho una mentira pero si la abuelita podía, ella también. Total, no tenían
por qué pillarla. Encontró la cocina muy cerca de la puerta de salida y vió que
en ese momento no había nadie. Entró recuperando su sonrisa –porque aprendió de
un empujón que en los vetatorios, perdón, velatorios, había que ponerse muy seria-
y vio algo que no esperaba.
-
¡Medicina como
la de la abuela!
Media hora después una de las mujeres de la sala salió intrigada en busca de la
niña y dejó al resto con su llantina.
-
¿Habéis visto a Clarita?
-
No. –Le contestaban.
-
¿Pero es que
nadie se ha fijado? Si es la única niña de este velatorio. ¡Además ya sabéis que
está un poco trastornada desde la muerte de su madre así que deberíais fijaros más!
–Se quejaba ofuscada. Visitó sin suerte el cuarto de baño que estaba fuera de la
casa e incluso se alejó algo del hogar por si la niña se había escapado para jugar
pero tuvo que volver convencida de que la cría no había salido de la casa.
Cuando ya estaba llegando, la sobrina del zapatero del pueblo
salió en su busca.
-
Clarita está
en la habitación de la abuela. –Informó.
-
¿Ha vuelto?
-
Sí, parece que
no se encuentra muy bien.
-
¿Qué le ha pasado?
-
Mejor lo ves
tú misma.
La mujer entró como una exhalación y se encontró con Clara
al lado del ataúd, llorando como una profesional. Se acercó a la niña.
- Me has asustado Clarita, -susurró- es normal que esto te afecte pero es mejor
que no te quedes sola. ¿Me oyes? ¿Con quién has venido?
-
¡Hip!
Tras hipar, Clarita cayó al suelo
redonda y se le quedó en el rostro la mueca más estúpida que había mostrado en todo
el día para descontento de su abuela. ¡Una no
se muere todos los días! Ya podía la niña dejar de hacer tonterías y no estropearme
el velatorio!.
Alguien dijo que el ambiente apestaba
a vino y se miraron unas a otras.
© Anika
Pilar López Bernués
Me ha parecido una genial parodia de la hipocresía y el
"qué dirán" vista desde la perspectiva de una niña. ¡Francamente extraordinario!.
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de Anika ~
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