Anika Entre Libros. ARTILITERATURA. Artículos sobre el mundo literario.
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Literatura - ArtiLiteratura 2011 |
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Por Patricia Esteban Erlés |
Así que pasen doscientos años. Los hijos de Mary Shelley De todos es sabido
que los Hijos de Mary Shelley gustan de reunirse en ciudades con
viento. Una vez cada doscientos años, más o menos, acuden a la cita concertada con
sus hermanos, se sientan en círculo y se turnan para contar historias de miedo cuando
empieza a anochecer. Esta vez la ciudad elegida para el encuentro fraternal fue
Zaragoza, famosa al igual que Ginebra, por su cierzo y su querencia a las criaturas
monstruosas. No quedaban lagos ni podíamos usar la lluvia como excusa para dar rienda
suelta a nuestra calenturienta imaginación, así que debimos conformarnos con un
día soleado, convencionalmente precioso, y aparecernos como si tal cosa en el salón
del Ámbito Cultural del Corte Inglés a una hora demasiado temprana para los monstruos
de siempre, pero propicia para estos de última generación en los que nos hemos visto
convertidos una serie de autores, merced a las malas artes (o a las muy buenas,
según se mire) de
Fernando Marías e Imagine ediciones.

Las reuniones para dar noticia de nuevos libros o las mesas redondas de autores,
no tienen por qué ser aburridas. Bien mirado, la publicación de un libro siempre
es una hazaña, un pequeño milagro que debería valorarse en su justa medida y celebrarse,
a poder ser, con una fiesta. Una fiesta de la que participasen los escritores implicados,
como las manos culpables que son, y los propios lectores. Así sucedió en una velada
de mayo del pasado 2010, en otra tarde de feria, en la que los novelistas
Félix J. Palma y
José Carlos Somoza, ambos de sobras
conocidos por su audaz inventiva, y yo misma, fuimos invitados por Fernando Marías
a medir nuestras fuerzas como contadores de historias, ante el público que llenaba
la sala de Ámbito Cultural del Corte Inglés. Los tres nos embarcamos en nuestros
respectivos viajes en el tiempo y mostramos a los asistentes un objeto regresado
de otra época y de otro lugar, un recuerdo material que daba fe de nuestra fantástica
aventura. Cronotemia y otras historias de viajeros del tiempo
es fruto de esa tarde de cuentos y de la protagonizada siete días después por
David Lozano,
Ricardo Menéndez Salmón y
Care Santos, también desafiados
por el anfitrión Fernando Marías a viajar por el tiempo. Así mismo
incluye textos de
Antón Castro,
Luis Alberto de Cuenca,
Espido Freire,
Manuel Vilas,
Pilar Pedraza y
Pedro Ramos, que
completan la nómina de descendientes confesos de Mary Shelley. De la unión de todas
esas obsesiones surgió una criatura negra y extraña, un cofre oscuro, cargado de
minutos. Un libro editado por Imagine, el sello que dirige Silvia Pérez Trejo,
en el que cada cual explora a su manera, guiado por sus propias obsesiones, ese
viaje en el tiempo que le hubiera gustado protagonizar.

Su presentación en público, el sábado 28 de mayo, a las 19.30 horas, fue el primero
de los actos del ciclo Hijos de Mary Shelley que se enmarcan en la Feria
del Libro de Zaragoza 2011 y corrió a cargo del escritor y periodista
Juan Bolea,
Ramón Pernas, director de Ámbito
Cultural del Corte Inglés, y el propio
Fernando Marías. Entre el público asistente
pude reconocer a algunos cronotémicos, como Manuel Vilas, Espido
Freire, Luis Alberto de Cuenca o David Lozano,
que intentaban pasar desapercibidos, mientras Fernando Marías presentaba a la familia
ilegítima de la pobre Mary Shelley y desencriptaba algunas de las claves secretas
del libro. Cabe señalar que la propia Mary, quizás enfadada porque no se la había
contado en el listado de autores presentes, hizo acto de presencia ultraterrena,
en forma de chirrido escalofriante que se apoderó del micrófono de Fernando Marías.
Cronotemia y otras historias de viajeros del tiempo es
un estuche negro en cuyo
interior hemos quedado atrapados todos los que hemos tenido algo
que ver con él, sentados en torno a la chimenea amarilla y circular. Guarda también
el secreto del tiempo, un líquido rojo como la sangre que cae de un lado a otro
del reloj de arena, y desgrana historias y poemas en tinta violeta. Un libro atrevido
en cuanto a la maquetación elegida que permite hacer doce viajes en el pasado o
el futuro a todo aquel que se sienta afectado por el extraño síndrome descubierto
en el relato de Félix J. Palma, que da nombre al volumen.
Después de la presentación volvimos a reunirnos todos en el pub El poeta eléctrico,
a fin de completar la primera sesión del ciclo shelleyniano. Fue allí donde un cuarteto
de frankenstenianos de pro, compuesto por Luis Alberto de Cuenca,
Espido Freire, Irene Gracia y Pedro Ramos,
leyeron diferentes textos relacionados de un modo u otro con lo
fantástico gótico y el terror. Sentada junto a un enorme tigre
de expresión fiera, Espido Freire se refirió a una de sus novelas
favoritas,
Cumbres borrascosas, de
Emily Bronte y a modo de introducción
dramatizó un diálogo de la protagonista, la joven Catherine, y su ama, en el que
la muchacha da cuenta de su indecisión a la hora de elegir con cuál de sus dos pretendientes
debe quedarse y se muestra dividida entre razón y corazón: mientras que el sentido
común le indica que el rico y educado Edgar es el prometido que le conviene, su
alma le arrastra de forma inevitable en dirección al atormentado Heathcliff, con
quien se ha criado y al que ama desde niña. La escritora cerró esta intervención
inicial con uno de los microcuentos de su libro Cuentos malvados, editado
por Páginas de Espuma, en el que se había colado una de las mariposas que adornaban
su vestido.
A continuación leyeron sus poemas cronotémicos Luis Alberto de Cuenca y Pedro
Ramos, muy diferentes entre sí a pesar de compartir el nexo común del
viaje a lo largo del tiempo. Mientras que Luis Alberto de Cuenca optaba por un trayecto
pendular, que recorría el Bizancio de Justiniano y se trasladaba después al lago
suizo en torno al cual surgieron los cuentos de Shelley, Byron y Polidori, en un
recorrido preciosista, no exento de humor y nostalgia del tiempo no vivido, Pedro
Ramos, bastón de dandy en mano, explicaba que su texto fantasea acerca de lo distinta
que hubiera sido su historia de amor con su novia, si ella no se hubiera girado
y lo hubiera mirado por primera vez, en el pub irlandés en el que se conocieron.
Tomó la palabra después de los dos caballeros la entrañable Irene Gracia,
quien confesó en público su sonambulismo y nos mostró dos poemas góticos, en los
que fueron surgiendo palacios de hielo, bestias, ángeles y corredores vacíos. Hubo
una segunda tanda de lecturas, en las que, como no podía ser de otra forma, fue
invocado el espíritu de
Edgard Allan Poe, maestro admirado de
todos los autores presentes, que rindieron homenaje al señor de los cuervos y el
amor más allá de la muerte con fragmentos extraídos de Ligeia y Annabel
Lee, en el caso de Espido Freire y Pedro Ramos, respectivamente, y con
una atrevida y magnífica versión de El cuervo, que corrió a cargo de Luis
Alberto de Cuenca y puso el broche de oro a la sesión literaria.

La noche, sin embargo, se prolongó todavía con dos actuaciones musicales, protagonizadas
por Octavio Gómez Milián, Luis Cebrián, y el cantautor Gabriel Sopeña.
No obstante, esta misma semana, en concreto los días 4 y 5 de junio, en la carpa
de la Feria del Libro no podemos faltar a las dos próximas citas fantásticas, esta
vez en torno al eje temático de
vampiros, zombies y espectros enamorados, con seis invitados de
excepción: Ignacio del Valle, Irene Gracia y Jon Bilbao, en la
primera sesión, y Vicente Molina Foix, Vanesa Monfort y Marcos
Giralt Torrente en la segunda.
Mary Shelley creó a una criatura condenada a la soledad a pesar de su bondad e inteligencia
natural, que ha sobrevivido en el tiempo y que sigue conmoviéndonos.
Frankenstein nació de la soberbia de
un científico que jugaba a ser Dios y pagó su imprudencia, que sufrió el escarnio
de aquellos que le parecían sus hermanos naturales y debió asumir su condición de
maldito, tanto entre los humanos como entre las bestias. Creo que todos los presentes
en el acto del sábado nos apiadamos en su día, cuando Frankenstein cayó entre nuestras
manos por primera vez, del pobre monstruo repudiado por su padre, maltratado por
los hombres, castigado a vagar, erráticamente, hasta el fin de los tiempos. Todos
hubiéramos querido poder salvarlo, reescribir su historia con un final menos atroz,
más feliz, dejarle entrar en la cabaña, en medio de una noche fría, a calentar su
cuerpo helado hecho de otros cuerpos junto al fuego. De ahí que me parezca que este
ciclo literario es el mejor homenaje que puede rendírsele al hijo mayor de Mary
Shelley.
Patricia Esteban
Erlés -
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© Foto de grupo: Mireya García
© Resto imágenes: Silvia Pérez Trejo
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