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Por Anika Lillo |
La edad mental lectora y las etiquetas en la LIJ (literatura
infantil y juvenil) Toda la vida
han existido lectores de todas las edades pero no siempre se etiquetaron los libros
como hoy día se hace. Desde hace unos años, y con el auge de las tiendas online,
se empezaron a etiquetar éstos indicando las edades sugeridas. Antes teníamos literatura
infantil, literatura juvenil y, simplemente, literatura (considerada adulta pero
sin etiqueta). Y tampoco entonces estaba muy definida esta separación de edades.
Así, Julio Verne, que era la literatura juvenil de antes, podía encontrarse tanto
en los estantes de lecturas para jóvenes como para adultos. Hoy las cosas han cambiado,
y mucho, pero existe un motivo.
Este artículo va acompañado de consejos fotográficos para que los niños lean

LA CONFUSIÓN
No hace mucho un escritor me escribía entre indignado y sorprendido porque su novela
había sido indicada como literatura a partir de nueve años. Tuve que explicarle
qué significaba aquello para que comprendiese que no se estaba limitando la venta
de su libro a menores, si no ampliándose. Quedó muy satisfecho con la respuesta
e incluso animado, pero lo cierto es que como él hay muchos autores que desconocen
el por qué de estas etiquetas e igualmente se muerden los labios pensando que esa
franja de edad no es la que le correspondería a su novela. Un autor de literatura
juvenil que cree que escribe para edades comprendidas entre los doce / trece años
aproximadamente, y ve su libro valorado con signos como “LIJ + 9 años”, cree que
estamos recomendando su libro a un público menor y que, por ende, los de doce años
en adelante no se sentirán interesados. El problema es que ellos quieren vender
y que lean sus libros niños de todas las edades, y cualquier etiqueta les molesta
porque parece que limite su lectura. Pero no estamos diciendo que un libro “LIJ
+ 9 años” es sólo para niños de 9 años. No es así como funcionan las etiquetas.
(LIJ: Literatura Infantil y Juvenil)


EJEMPLOS
Voy a poneros ejemplos muy claros de literatura infantil y juvenil que ha sido necesario
calificar en alguna franja de edad para recomendarlos a los padres confiando en
que sus hijos, lectores, no abandonen la lectura. Pero antes aclararé lo que todo
autor de literatura infantil y juvenil debería saber: Cuando indicamos valoraciones
como “9-12 años” estamos incluyendo edades muy distintas, de niños que difícilmente
coincidirán en gustos porque unos suelen ser más infantiles y los otros creen que
se les está ofreciendo una literatura demasiado banal, aburrida o sosa, y se consideran
demasiado mayores para leer ese tipo de historias. Y de ahí que no hablemos de edades
biológicas si no de edad mental lectora.
“Harry Potter” es un claro ejemplo de literatura juvenil que con la experiencia
hemos visto que se podría indicar a partir de 9 años cuando, en realidad, es un
crossover, un libro-puente que leen igualmente los jóvenes que
los adultos y que, inicialmente, se entendía como literatura para niños de doce
años en adelante, catorce incluso. Esos críos que con sólo 9 años se han leído todos
los libros de Harry Potter, o que empezaron el primero y han crecido leyendo los
siguientes, son el ejemplo de “edad mental lectora” y no “edad biológica”. El problema
es que se han ajustado desde el principio con edades muy generales pero en una reseña
podemos indicar si un niño de edad mental lectora más avanzada lo disfrutaría o
no. Con esta saga (y otras muchas, como la de “Elliot Tomclyde” de Joaquín Londáiz
con mayoría de lectores de 9 años y un total de 5 tomos con una media de trescientas
páginas por volumen) sabemos que esas etiquetas generales no son del todo correctas.

Los álbumes infantiles cuyas ilustraciones ocupan ambas páginas del libro y que
apenas tienen letra suelen estar indicados en franjas amplias de 5 a 8 años. Y es
correcta, porque depende de la edad mental lectora un niño de 5 años que ya haya
aprendido a leer podrá leerlo solo (o que se lo lean y lo entienda), y uno de 8
años que aún le cuesta leer (o no le guste mucho leer) lo leerá con soltura y tendrá
la satisfacción de leerlo en un rato. Estos mismos niños de 8 años tendrán, en cambio,
lecturas obligatorias en la escuela de pequeñas novelitas con escasas ilustraciones
y mucho texto que no son indicadas para críos de 5 años, a pesar de que en la etiqueta
general la tienda online lo incluya en esa edad. Ahí radica la diferencia entre
edad biológica y edad mental lectora y ahí entramos los reseñadores cuando valoramos
los libros ajustando más la edad.

CÓMO SE AJUSTAN ESTAS ETIQUETAS
¿Y qué hacemos los reseñadores cuando indicamos edades mucho más concretas que las
de las tiendas online? Ajustar más esas edades. Si compras un libro en un portal
como La Casa del Libro verás siempre las siguientes franjas de edad:
- De 0 a 4 años
- De 5 a 8 años
- De 9 a 12 años
- Literatura Juvenil
¿Desde cuándo un niño de veintitrés meses puede entender –que no leer- lo mismo
que uno de cuatro años? ¿Cómo es posible que un álbum ilustrado con siete párrafos
en todo el volumen cuente lo mismo que una novela de cien páginas en la franja de
edad de 5 a 8 años? ¿Es normal que una novela destinada a niños de 9 años guste
a un chico de 12? ¿Por qué se considera juvenil a partir de 13 años si hay historias
que hasta los dieciséis, diecisiete años no son interesantes para adolescentes?
Si vamos a la RAE observamos que incluso la adolescencia no tiene una edad concreta:
adolescencia.
(Del lat. adolescentĭa).
1. f. Edad que sucede a la niñez y que transcurre desde la pubertad hasta el completo
desarrollo del organismo.
La adolescencia es como la edad mental lectora, esa que los reseñadores utilizamos
para indicar distintas sugerencias de lectura. Es una franja invisible y serán siempre
los padres quienes entiendan –porque deducimos que conocen los gustos y facilidad
o dificultad de sus hijos al leer- si el libro está indicado para sus niños o no.
Es a ellos a quienes nos dirigimos. Y aún así siempre habrá un margen de error.

EJEMPLOS REALES DE EDAD MENTAL LECTORA
Natacha lee novelitas para su edad (8 años) con la misma soltura
con la que lee álbumes infantiles ilustrados que disfruta más porque los acaba antes.
Aunque le gustan ambas cosas siempre se acercará con más facilidad a libros cortitos
e ilustrados porque le serán más llamativos, que a novelitas donde sólo hay letra.
A menos que empiece y se enganche a primera vista no sentirá un amor rápido por
la historia. Pero tiene suerte, a ella le gusta leer. Poneos en
el lugar de un niño de su misma edad al que no le guste leer. Natacha lee novelitas
del hada “Perla” de Wendy Harmer (una media de cincuenta páginas con ilustraciones)
o de “La cocina de los monstruos” de Martín Piñol (con una media de 125 páginas).
El primer ejemplo es para lectores de aproximadamente 5-8 años, está en su franja
de lectura. El segundo ejemplo, sin embargo, está indicado a partir de 9 años, y
Natacha aún no los ha cumplido, pero los lee ¿Por qué? Por el contenido: es ilustrado,
es divertido y salen monstruos, algo que les gusta a la mayoría de los críos (en
este caso son más de humor que de terror). ¿Y por qué está indicado entonces a partir
de 9 años? Pues de nuevo volvemos a la edad mental lectora: el número de páginas
más el contenido es apto para niños de nueve años en adelante porque estas novelitas
pueden crear pesadillas a lectores pequeños y miedosos, pero si la edad mental lectora
del niño es adaptable dependiendo del contenido y el diseño del
libro, esta edad es ampliable. Como véis, ni siquiera para nosotros es fácil indicar
la edad, sin embargo sería un fallo terrible decirle a una madre que su hijo de
seis años puede leer esta novelita si le gustan las historias de humor con monstruitos,
porque para ellos es “demasiado”. Sería largo, no entendería muchas cosas por su
edad y se aburriría con tanta letra a pesar de los dibujos que van a apareciendo
en algunas páginas.
Nuria, que tiene un año menos que Natacha, hace tiempo que abandonó
los álbumes ilustrados porque se aburría, y ha pasado de novelitas del Barco de
Vapor de siete años (su edad) a la misma colección pero ya de 9 años. Y
lleva muchos leídos. Se aburre con libros más sencillos y se interesa por novelas
más gruesas, más complejas. Esta es la muestra más clara de la edad mental lectora
que como padres, docentes, reseñadores e incluso libreros o bibliotecarios debemos
tener clara a la hora de aconsejar un libro, y que cualquier autor debería comprender
y aceptar en vez de indignarse por desconocer a qué se debe el etiquetado infantil
y juvenil.
LOS CLÁSICOS NO SON LITERATURA JUVENIL
Hay además un tipo de lector infantil al que resulta difícil enganchar a la lectura,
pero sí existen libros para ellos, el problema es que no suelen tenerse en cuenta
en la escuela porque se guían por colecciones que tienen muy claras estas franjas
de edad (un ejemplo claro serían las novelitas de El Barco de Vapor) sin
tener en consideración que no todos los niños tienen la misma edad mental lectora
y sin querer no se está fomentando en estos críos el gusto por la literatura. Este
problema es más acuciante cuando se llega al instituto. Aquí entramos en terreno
farragoso: los clásicos hay que leerlos. No importa que no entiendan a Campoamor,
que no comulguen con las historias clásicas o que les agobie ese castellano antiguo
que aún deben aceptar sin rechistar. Al niño debe enganchársele a la lectura y esto
se conseguirá permitiendo que lean cosas que les hagan disfrutar. Si un niño lector
se convierte en un adulto lector, acabará leyendo esos clásicos por propio placer,
porque ya tendrán un criterio y harán una criba de sus múltiples lecturas. Si no
se consigue que sean lectores no sólo no disfrutarán con los clásicos si no que
además no serán grandes lectores y, por supuesto, jamás recurrirán a un Platón,
a un Campoamor o a cualquier otro clásico español porque perdieron el interés por
el camino. Sólo tenemos que plantearnos una cuestión ¿desde cuándo los clásicos
son literatura juvenil?
LIJ FÁCIL PARA NIÑOS NO LECTORES
Estos libros que hoy día son fáciles de encontrar tienen un atractivo muy particular
pues están diseñados para niños a los que no les gusta leer. Para un adolescente
lector será como un caramelo que se lee en un rato y deja un buen sabor de boca,
pues es humor. Para un no-lector será un aliciente para seguir leyendo, y generalmente
esperará el siguiente tomo u otros libros del estilo para seguir disfrutando de
la lectura. Algunos profesores –pues los padres serán menos exigentes- pensarán
probablemente que leer eso no les aporta nada o, con suerte, que lo lean si quieren
pero que también lean los clásicos. El niño probablemente leerá el clásico por obligación
o buscará en Internet el resumen para no leerlo. ¿Y cuál es la otra opción? ¿De
qué libros estamos hablando para convertirles con el tiempo en lectores habituales?
De libros con viñetas, con apariencia de estar escritos a mano en hojas recortadas,
y de humor, naturalmente, con protagonistas en edades escolares, igual que los lectores.
“El diario de Greg”, de Jeff Kinney, es uno de ellos, y ya llevan cinco tomos. “Diario
de Sofía desde el cuarto de baño de las chicas” de Rose Cooper es otro de ellos
pero en versión femenina, y recientemente ha aparecido “75 consejos para sobrevivir
en el colegio” que tiene mucho más texto pero que está igualmente enfocado al lector
joven poco habituado a la lectura, utilizando su entorno más habitual y el humor
que conecta con los jóvenes. También existen otros igualmente ilustrados que en
realidad tocan temas comprometidos (como el problema de la hiperactividad) utilizando
a menores con viñetas y humor como “Yo, Elvis Riboldi” de Bono Bidari que ya va
por el segundo volumen. Estos libros junto a otros de sus edades
que hablen de cosas que les hagan sentirse identificados les unirá más a la literatura
que los clásicos.

Estos libros están indicados para niños de entre diez y doce años, y esa sería la
edad recomendada, sin embargo por sus características es fácil que sean aptos para
edades mentales lectoras más jóvenes, y también para no-lectores más adultos.
Un estudiante de instituto que recurre a Internet en busca del resumen es un lector
perdido, de ahí que se entienda que los clásicos no son literatura juvenil y que
es preferible intentarlo con libros más ligeros y simpáticos para que se enganchen
a la lectura.

CONCLUSIÓN
Como conclusión y con mi experiencia como madre de niños de seis, ocho y catorce
años, lectora de todo tipo de literatura y reseñadora profesional, creo que las
etiquetas no deben jamás entenderse como limitaciones si no como opciones, y que
tanto los padres como los docentes deben distinguir las edades mentales lectoras
de sus hijos o alumnos a la hora de aconsejarles lecturas si el fin es el de fomentar
la lectura y conseguir que amen la literatura. En una casa siempre será más fácil
que en un aula, pero a la hora de puntuar la comprensión de la lectura de un libro
también debería tenerse en cuenta este pequeño detalle porque no todos somos iguales,
y en el fondo todos deseamos que los niños se apasionen por la literatura. Sé que
no es fácil cuando se trata de muchos niños, pero es importante. Nosotros somos
sus guías y por eso es también nuestro deber conocer este tipo de etiquetas y para
qué sirven.sirven.
Último truco: lee alguna vez un libro
que creas ideal para él, háblale de lo que estás leyendo, emociónale (si es de humor
ríete delante de él), pícale la curiosidad (exclama en voz alta) y cuando quiera
saber más convéncelo para que se lo lea él.
Nota final: no te desesperes si de pequeños leen y en la adolescencia
lo dejan porque se sienten agobiados con los libros del instituto. El niño que tiene
el hábito de la lectura, de adulto la recupera porque ya es un lector. Y si tu hijo
es de los que no leen nunca tampoco te preocupes. Leer es muy bueno, pero no vamos
a matar a un niño porque no lea.
Anika Lillo - ArtiLiteratura ©
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